19 de diciembre de 1998.
Huajuapan de León, Oax.
Inauguración
Museo y Biblioteca Regional
Existen miles de soluciones para un programa arquitectónico, cada artista tendría su propio partido impregnándolo con el espíritu que lo motiva.
Este edificio pudo ser de cristales, de espejos o de láminas de titanio; pudo ser
también una solución ecléctica adoptando formas de los órdenes clásicos o incluso prehispánicos, o tal vez dentro de las corrientes comerciales snobistas.
Todas estas soluciones podrían cumplir con algunos factores de nuestro programa, pero sentimos que la arquitectura tiene un sentido más profundo: debe responder a la más amplia gama de nuestras necesidades sociales, étnicas, espirituales, geográficas y económicas.
¿Para quién fue pensado este espacio? En nuestro pueblo hay personas con
actividades tan diferentes como profesionistas, amas de casa, escolares, universitarios, secretarias, barrenderos, maestros, campesinos,
sacerdotes, etc. ¿cómo sacar el factor común de todo nuestro pueblo?
Uno puede ver en la calle a personas que venden sombreros o pitayas, vemos también a personas de portafolios, en coche o bicicleta; señoras con delantal, doctores con bata, herreros, carpinteros, albañiles y realmente todas son personas sencillas que se saludan, que se comunican y que forman parte de un pueblo con una raíz común.
Las costumbres son tan fuertes que no dejamos de tener esa esencia regional en nuestro modo de comportarnos, en nuestro modo de hablar y en nuestras fiestas, en nuestras creencias, en nuestra comida, nuestras bromas y demás características que nos identifican.
La arquitectura, en el más estricto principio, debe comprender los valores de una
sociedad, los anhelos de sus gentes, los antecedentes de su cultura, el respeto a su medio. Es en sí, o debería ser ante
todo, un servicio al acto humano a desarrollar para propiciar la dignidad de ese particular grupo de personas. No seríamos honestos
con el pueblo, con nuestra memoria, con nuestra región si sólo adoptamos formas de “revista” que marcan moda, pensadas
por individuos ajenos a nuestro “ser”.
No buscamos hacer alarde de técnicas y materiales, ni competir con otras
expresiones. No queremos caer en lo folcklórico ni romántico, lo que pretendemos o intentamos es trabajar en correspondencia
con lo que pensamos. Estamos convencidos que sólo así se puede mantener viva nuestra cultura.
Con el uso de los materiales regionales fomentamos una economía local y un desarrollo de técnicas propias. Reconocer la sabiduría popular y autoestimarnos como cultura. Es decir que podemos activar un desarrollo propio en todas las actividades que se desprenden del hacer arquitectónico.
A diario se escucha en las noticias sobre el desarrollo económico de nuestro país y poco vemos que se desarrolle nuestra cultura, nuestro pensar, nuestro hacer, es decir, no desarrollamos nuestras ideas y creatividad.
Descubrimos a diario valores de nuestra arquitectura tradicional que nos hablan de honestidad, sencillez, humildad, dignidad, elegancia, serenidad, prudencia, armonía y veracidad. Todo ello se ha convertido en el lenguaje a explorar en los espacios que proponemos.
Interpretamos estos valores por muchos medios; la nostalgia que nos evocan los patios con flores y helechos en los corredores que tan amorosamente cuidaban nuestros abuelos, o esos reflejos de luz que proyectaban los estanques de agua en las penumbras de los techos.
La disposición sencilla de las habitaciones nos hace pensar a primera vista que eran espacios pobres.
Desde su manufactura eran con un sentido más ecológico: tierra secada con el sol, microclima interior envidiado por cualquier sistema sofisticado o mecanismo actual.
Armonía de una casa con otra y con el conjunto, relación más
estrecha con su medio exterior. Podríamos pasarnos el tiempo analizando y descubriendo todo lo que contiene esta herencia que
tenemos y que por cierto hemos perdido en su mayoría.
En estos espacios del Museo y Biblioteca pretendemos dejar ese mensaje de reencuentro con nuestros valores y con la mira al futuro, a nuestro futuro, al que nosotros hagamos con nuestros medios, con nuestra creatividad.
Al hablar de ese reencuentro no sólo hablo de la arquitectura tradicional que nos
precede, pienso en algo más remoto, en los hombres de las chozas o cavernas, en los que andaban descalzos y desnudos, libres de
ropas, primarios, elementales. En los que pintaban en las ricas texturas de las rocas, en los que trataban a los árboles como
hermanos y sobrevivían cazando animales o recolectando frutos. Hermanos nuestros, comunes a nosotros en sentimientos, buscadores
de un mañana mejor.
Por eso sentimos que este recinto que alberga a dos instituciones de enseñanza,
este espacio arquitectónico nos debe evocar con sus materiales, colores y texturas, el sabor de nuestra región, de nuestra tierra, de nuestra historia.
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